Sobre
Detrás de cada obra, una persona
Bueno, has llegado a la página "sobre mí", así que voy a ser sincero: Code & Canvas es una sola persona. Yo, solo frente a la pantalla, en algún lugar del sur de Francia. Sin colectivo, sin agencia, sin equipo de marketing. Una máquina, una idea que arrastro desde hace mucho, y bastantes tardes ajustando colores.
Soy desarrollador. Un máster en robótica, unos veinte años escribiendo código, y una obsesión que nunca me ha soltado: las sucesiones, las curvas, los fractales. Fibonacci el primero de la lista.
¿Por qué este proyecto?
Todo empezó por una tontería: quería colgar una bonita espiral de Fibonacci en mi pared. Un fractal, una figura nacida de un algoritmo, algo limpio. Busqué... y no encontré nada que me gustara de verdad. Así que, en vez de quejarme, me dije: lo hago yo mismo. Y ya puestos, lo comparto.
¿Por qué una sola obra al día?
Me puse una regla sencilla y la cumplo: una obra publicada al día, ni una más. Es un límite tanto como un rito. Nada de avalanchas de imágenes desechables, nada de "publico 40 variantes y veo cuál pega". Una pieza, escogida, con su lugar y su fecha. Ya está.
Mi parte favorita
Cada mañana recojo las obras generadas durante la noche y decido cuáles merecen publicarse. Y, la verdad, nunca sé de antemano lo que me espera. La máquina sigue reglas precisas, el azar se queda con la correa corta, y aun así el resultado me sorprende. Una y otra vez. Es justo lo que buscaba: rigor que aún deja sitio a lo inesperado.
¿Y de qué va todo esto?
En el fondo, el mensaje cabe en una frase: nos gustan las matemáticas. No las del colegio que hacen sudar, sino las que producen algo bello cuando las dejas hablar. El código no es solo mi herramienta: es mi compañero de taller. Yo pongo las reglas, él propone formas, y juntos decidimos qué se queda.
¿Mis influencias? Mi propia pasión, sobre todo. Los números, las curvas, los patrones que vuelven una y otra vez, tanto en la naturaleza como en una pantalla.
¿Por qué ediciones limitadas y numeradas?
Me importa que lo que cuelgas en la pared sea raro. Cada obra se edita en tirada limitada, numerada, y va con un certificado de autenticidad firmado. Es mi manera de decir que esta pieza es de verdad tuya, que no se diluye en miles de copias. El número 3 de 30 es el número 3 de 30. Punto.
Calidad, sin chapuzas
Para la impresión trabajo con socios serios y material de verdad: buen papel, buenas tintas, un acabado que aguanta. Podría haber montado una cadena casera y frágil, pero no. Lo que recibes tiene que durar y estar a la altura de lo que ves en pantalla. No es negociable.
¿Cómo funciona, entre bastidores?
Imagina una receta muy precisa. Le doy al ordenador un método y una pequeña dosis de azar, encerrada dentro de unos límites que fijo yo mismo. Sale una imagen, distinta cada vez, pero siempre fiel a la receta.
Luego cada obra recibe una huella única, una especie de carné de identidad imposible de copiar, y después una firma digital que prueba que sale de verdad de mi taller. Un socio la imprime en buen papel y, hala, va camino de tu casa. Nada se deja al azar... salvo el azar mismo. Y eso es a propósito.
Detrás hay trabajo de verdad: diseñar los algoritmos, ajustar los colores, seleccionar, validar, empezar de nuevo. El gesto es invisible, pero está ahí, cada día.
¿Por qué no hay foto mía?
Aquí no verás mi cara, y es a propósito. Prefiero dejar que la obra hable por mí. Esa es la identidad del estudio. Yo no.
Ya veremos.